Fue la primera vez que una obra escrita totalmente en guaraní recibió un galardón de esta naturaleza.
Pero mucho más allá de eso, Martínez Gamba fue una gran persona y activo colaborador de la Enciclopedia de Misiones. Reproducimos aquí algunas palabras del colega, Raúl Puentes. Click para leer más.
Carlos Martínez Gamba nació en el barrio Santa Librada de Villarrica, Paraguay, un ambiente guaraní parlante y guaraní viviente. Su primera obra y más conocida Pychãichi. Es autor, entre otros, de los siguientes títulos: “Plata yvyguy” (poesía; 1971), “Ikakuaaharepe ojevyva” (cuentos; 1973), “Tapekue ka a” (1975), “Niño arapegua purahéi”“Purahei mitã ñembotorore ha ñemonge ra” (poemas; 1984), “Ta anga vera rendy”“Jagua ñetu o” (cuentos; 1989).
La noticia de su muerte, caló hondo en el ambiente literario y periodístico del Paraguay y de Misiones. Reproducimos aquí las palabras de Raúl Puentes, quién ofrece una mirada al hombre más que al escritor.
Recordando a Martínez Gamba. Por Raúl Puentes
Acabo de enterarme de la muerte del escritor Carlos Martínez Gamba, el padre de Fedra, una amiga que me dio la adolescencia. En esos tiempos, a Carlos le tomábamos el vino sin permiso y él siempre volvía a dejar una damajuana llena en el mismo lugar, convidándonos sin palabras, acompañando nuestros debates y nuestro crecimiento en silencio, respetuoso, cordial.
Carlos llegaba siempre con la barba larga y los ojos escondidos detrás de tantos pelos. Me enseñó, en su trato, sobre el respeto y sobre los afectos.
Siempre nos miraba esperanzados, optimista. Nos dio un lugar en el mundo, tratándonos como adultos cuando apenas eramos unos gurises promediando la secundaria: fue el primer adulto que me saludó pasándome la mano, mirando a los ojos, apretando fuerte: ese gesto fue un reconocimiento y una enseñanza que siempre tuve presente.
Ese hombre misterioso y callado era capaz de salir de ese estado permanente de reflexión con el que parecía andar por la vida para saludar a los amigos de sus hijos, de hombre a hombre, con la deferencia de pasarte la mano y dejarte entrar, de esa manera, al mundo de los adultos, un lugar que por entonces no nos era propio porque la niñez se nos colaba por todos lados, resistiéndose a dejarnos.
Nos sentábamos en el piso, frente al fuego, rodeado por esos libros viejos y amarillentos que yo solía hojear, casi profanándolos, cuando él no me veía. Siempre preguntaba si tu viejo, Fedra, se los había leído a todos, porque eran muchos. Siempre quise pedirle que me prestara uno de esos libros, que me recomendara alguno, pero consciente de mi propia inmadurez, nunca me animé a hacerlo. Sin embargo hoy me doy cuenta que se hubiera detenido a aconsejarme alguno porque no nos veía niños.
Por entonces nadie de nosotros sabía que el papá de Fedra (y de Demian y de Rodrigo) era un escritor importante. Sólo era el padre de nuestra amiga. Y era, también, un hombre profundo que nos inspiraba muchísimo respeto.
En 2004 dirigí la revista Contexto, que se editaba cada semana con el diario El Territorio. El año anterior, en diciembre de 2003, habían premiado a Carlos, nuestro "arandú caraí", con el máximo premio de la literatura paraguaya.
Otro amigo entrañable, Kevin Morawicki, también de Puerto Rico, tuvo el placer de entrevistarlo para Contexto y publicamos una larga nota, que transcribo a continuación.